Coca vs. Cocaína

Brujula
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Por Horacio Blanc

El 4 de Marzo del cte., se celebró en Viena el 56° período de sesiones de la Comisión de Estupefacientes de la ONU, donde el presidente del Estado Plurinacional de Bolivia Evo Morales Ayma agradeció a los representantes de 169 estados partícipes su respuesta afirmativa para el retorno boliviano a la mesa de sesiones, luego de que la Comisión decretase por amplia mayoría el pasado 11 de Febrero la despenalización del “Acullico” (pequeño bolo de hojas que se mastica; en sus orígenes agregando una pizca de cal o cenizas, hoy de bicarbonato), con la orden de retiro de la hoja de Coca de la “lista negra” de estupefacientes que anualmente elabora el organismo internacional.

Ya en los pretéritos tiempos de la invasión española, el primer mestizo, escritor e historiador peruano Gómez Suárez de Figueroa (a. “Inca Garcilaso de la Vega”) registraba en sus “Comentarios Reales de los Incas”, que los nativos preferían las hojas que ellos llamaban “Kuca” y los españoles “Coca” al oro, la plata y las piedras preciosas: “están erradas las personas que han escrito en contra de ese arbusto; ellas querían que se prohibiese el uso porque los idólatras y los brujos ofrendaban las hojas a sus ídolos». Según la mitología incaica de lengua quechua, fue Manco Cápac, primer gobernador y fundador del Cuzco, quién luego del colapso del reino del Tiahuanaco ordena la migración de su pueblo desde las islas del Lago Titicaca a la cordillera peruana, autorizando el consumo y uso de las hojas del arbusto que encontraban a su paso por los escarpados senderos montañosos, como alimento espiritual de hombres u ofrenda a los dioses de la naturaleza que les darían fuerzas y vida suficiente para encarar la travesía y crecer en tan inhóspito territorio. Desde aquellos tiempos hasta hoy, campesinos de Perú, Bolivia y el norte argentino han cultivado la hoja de coca, no solo como parte de su patrimonio cultural y religioso, si no también por sus cualidades alimenticias y medicinales que les permiten afrontar agotadoras jornadas en medio del “soroche” (apunamiento) y condiciones climáticas cambiantes. En el caso de Bolivia, la industrialización de la hoja de coca cultivada en El Chapare, Los Yungas, Piedemonte Cordillerano Lapaceño y Centro Subandino, se avizora como un proceso irreductible en procura de fuentes de ingresos para paliar el déficit de su economía. Hoy se producen en ese país un montón de derivados, que aportan valor agregado al tradicional “acullico” o a la infusión de hojas de coca: dulces, vinos, licores, jarabes, mates, pasta dental, caramelos, harina, fideos, masas, panetones, anestésicos, etc. Sin embargo, la tradicional y sagrada planta incaica carga el estigma de un proceso sintético degenerativo, que utilizando ácido sulfúrico, queroseno, gasolina y cal, la precipita en una de las drogas más criminales de la humanidad: la “Cocaína”. La más acervada crítica sobre el cultivo e industrialización de la hoja de coca boliviana, proviene paradójicamente de aquellos países cuyos laboratorios médicos se sirven de algunos de sus 14 alcaloides para producir Lidocaína y Pentotal utilizable en cirugía, o la refrescante bebida gaseosa Cola Cola. Peor aún, son que tienen mayor poder de consumo y comercialización de la aberrante Cocaína (Méjico, EEUU), parte de cuyos ingresos utilizaran para financiar golpes de estado en Centro y Sudamérica, como para la estimulación de tropas de élite invasoras en Vietnam, Indochina, Irak y Afganistán. Tanto la DEA como la CIA estadounidense (y los servicios secretos ingleses y franceses con el opio y el hachís), propagandizan una feroz lucha contra el narcotráfico, a la vez que estimulan y alientan su consumo como pretexto de intervención o instrumento de dominio en los estados que cultivan la planta tradicional con fines lícitos. Véase si nó, los 450 billones de dólares anuales que la Cocaína reditúa a los cárteles mejicanos, con la complicidad de los servicios secretos estadounidenses que deberían combatirla en el lugar de su distribución y comercialización utilizando sus sofisticados satélites espías. En medio de tanta retórica hipócrita, sin mayor alharaca y con escasos recursos presupuestarios, Bolivia destina 40 millones de dólares anuales en su lucha contra la elaboración de Cocaína, recibiendo muchas críticas y escasa ayuda de los mayores consumidores y principales responsables de su distribución mundial (EEUU, México, Europa).

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