Democracia y saqueos

Brujula
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El país celebra, se dice, el trigésimo aniversario de la “democracia” en medio de la sedición y la rebelión policiales, y de los saqueos incontrolables y difíciles de describir sólo como hechos delictivos. El fenómeno por sí mismo resulta una dura réplica, incluso un duro mentís a la cacareada “celebración”. O la “democracia” no es un régimen valioso para solucionar los problemas básicos de los putativos ciudadanos, o hay una distorsión en lo que se llama “democracia”, pues sería una novedad teórica y un aporte a las ciencias, si se la pudiera asociar y hacer compatible con los saqueos y los muertos y con el casi 30% de “pobreza” (hecho este que avergonzaría a la “democracia” ante la dictadura del Terrorismo de Estado). Como hipótesis los saqueos anualizados podrían ser asociados con el fracaso del kirchnerato o con la hipótesis más estructural de la “ideología” de la democracia.
No parece que el “país” celebre los 30 años, i. e., no parece que sea una celebración popular, ni siquiera de los ciudadanos. Con toda seguridad celebran los mass media y los “políticos” (y demás paniaguados), i. e., los burócratas profesionales del Estado de clase que consideran al Estado como un botín y al dinero de los contribuyentes como propio y como algo que pueden disponer a su antojo y capricho (v. g., compárense los ingresos de los “representantes del pueblo” con los del “pueblo”). A este cortejo de celebrantes se suma la multitud indeterminada de los “bienpensantes” que no se animan a desafiar, por decirlo clásicamente, las ideas dominantes de las clases dominantes. La celebración parece principalmente una celebración de los de arriba. Vista, en cambio, desde abajo, v. g., desde el punto de vista de los saqueadores, no parece que haya mucho que celebrar. Aquellos que están en condiciones de confrontar y de contradecir su situación objetiva (su libertad y su bienestar) con los discursos dominantes de las clases dominantes, más bien exhiben una profunda frialdad ante el presunto festejo. No parece que todos hayan olvidado definitivamente la consigna Que se vayan todos, y no quede ni uno solo.
Según la ideología dominante, parece que para que haya “democracia” basta con que no haya “golpes de Estado” ni “dictaduras” perpetradas por el Partido Militar. La democracia sería el mero hecho de que no haya gobierno militar, a contrario sensu, que haya gobierno del Partido Radical y/o del Partido Peronista, o cogobierno, como de facto ha ocurrido. El hecho de que los radicales y los peronistas estén en el gobierno del Estado y no el Partido Militar, bastaría y sobraría para que consideremos que “vivimos en democracia”. Parece que la “democracia”, entonces, se reduce a meter papeles en una caja cada cuatro años, procedimiento por el cual los electores ceden su derecho de autolegislarse y de autogobernarse a favor de una oligarquía política que luego cogobierna con la oligarquía económica y de los mass media. A partir de ese único día en que se tiene la única libertad de alienarla a favor de los oligarcas, los electores (que sería abusivo llamar “ciudadanos” o “Pueblo”) se vuelven convidados de piedra y espectadores de lo que les dejan ver y de las decisiones de los dueños del poder político y económico. Parece pues que para que haya “democracia” basta con que funcione el “sistema de partidos políticos y la alternancia”, según diagnostican los politólogos, i. e., los “científicos de la política”. Que los protagonistas de la “democracia” no sean los ciudadanos sino los partidos “políticos” (órganos del Estado de clase), ha ido tan lejos que ha adquirido hasta rango constitucional. De manera casi insultante, a los ciudadanos que se niegan a incluirse en ellos, se los llama “huérfanos de los partidos políticos”. Ahora bien, que los peronistas y los radicales (y algunos otros) se den por satisfechos con estas condiciones menesterosas, es comprensible. Pues ya para nadie es un secreto el enriquecimiento de los abusadores y usurpadores engendrados por tan “democráticos” procedimientos; tampoco son secretos los privilegios que han detentado impúdicamente. Evidentemente no es ése el caso de los “sakkiadores” (que democráticamente no se han enriquecido ni detentan privilegio alguno). A éstos no alcanza con catalogarlos de “criminales” y “delincuentes”: una recepción hecha sólo en los términos del Derecho Penal y del aparato represivo del Estado resulta tan ideológica como la supuesta “democracia”.
¿Quiénes son los “sakkiadores”? Son el resultado sistémico de la violencia social estructural. En la trigésima celebración poco se dice de la hiperinflación, de la convertibilidad, de su explosión, que nos recuerdan al “Rodrigazo” de la otra “democracia” abortada en 1976; i. e., nada se dice de los otros saqueos, de los saqueos “democráticos”, a saber, de las expoliaciones del patrimonio nacional, del patrimonio de la burguesía argentina y de los derechos de los trabajadores, todas ellas “democráticamente” perpetradas por los “demócratas” en “plena democracia”. Pasados treinta años a la “democracia” ni siquiera se la asocia con el Estado Benefactor y su promesa de que “con la democracia se come, se educa y se cura”. Por el contrario, parece que la “democracia” se ha vuelto compatible con el clientelismo (desde las Cajas Pan a los Planes Descansar, Moyano dixit), pero también con la destrucción de la salud pública y con los recientes resultados de las pruebas PISA. Ha desaparecido no sólo de la voluntad política, sino del mismo discurso el programa de la democratización del poder económico, del poder simbólico o cultural y del poder político, que cada vez más se concentran y se vuelven obscenos privilegios. No parece que los poseedores de poder económico, simbólico y político se dediquen a saquear supermercados y casas de electrodomésticos.
Pero la ideología de la “democracia” no se detiene aquí. Por cualquier manual sabíamos que la Democracia (politéia) o la República era un régimen virtuoso que suponía la virtud de todos. Hoy en el kirchnerato convivimos -y antes durante el menemato hemos convivido- con la más impúdica corrupción del poder y con la más escandalosa ausencia de “la virtud”. Parecen definitivamente idos los tiempos en que los “políticos” se empobrecían en la política y ponían su dinero para la práctica política y donaban sus ingresos; y parece definitivamente instalado que la corrupción política sea asociada exclusivamente al peculado y al patrimonialismo.
Otro tanto ocurre con la monarquía y el principado. La Democracia o la República son el gobierno de todos, el gobierno en que todos pueden elegir y ser elegidos. La así llamada “democracia” no sólo es un impúdico gobierno oligárquico, sino un obscena Monarquía o Principado en que gobierna uno o una sola. Parece que puede haber democracia y celebrarse su efeméride, aunque se haya transformado al Congreso en una ergástula, se haya perpetrado la colonización de la Justicia y exista la censura y la persecución de la libertad de prensa y de expresión.
En una palabra, la palabra “democracia” se ha vuelto una impúdica ideología, lo mismo que las expresiones de “golpista” o “destituyente”, que se le endilgan a todos los que protestan y desobedecen. Pues la protesta y la desobediencia civil se han vuelto “prácticas antidemocráticas”, lo mismo que la petición; puede haber “democracia” aunque el gobierno ningunee y maltrate a la oposición sistémica, a sectores productivos, a cualquier tipo de peticionantes. Sin embargo, la democracia (res publica, res populi) debe ser obviamente asociada con la espontaneidad, la libre actividad, la realización y el florecimiento de la sociedad civil a expensas del Estado y de sus órganos oligárquicos, los “partidos políticos”, y fundamentalmente del Poder Ejecutivo (monárquico). Así pues, el Estado y las oligarquías de todo tipo, lo mismo que el Principado, son un obstáculo estructural para la democracia.
Si recurrimos al manual, recordaremos algunas simples definiciones que significan una réplica y un mentís a la celebración. Por ejemplo parece que se ha olvidado la definición tradicional de que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Parece que se ha olvidado también que para los que inventaron el sistema, la democracia era inseparable de la Igualdad, de las igualdades que son condición de la Libertad, pues sólo quien es más poderoso puede quitarle la libertad a los otros. Para los griegos había democracia, sólo si existía igualdad ante la ley (isonomía), igualdad en gobernar y ser gobernado (isokratía), e igualdad en el uso y el ejercicio de la palabra (isegoría): sólo la igualdad garantiza la libertad y las posibilidades de la vida buena y bella. Por otra parte, la Libertad tenía un sólido fundamento real o en la propiedad o en el estipendio político que percibían los ciudadanos: sólo es libre quien es propietario. Llamar “ciudadano” a quien depende económicamente de otro, es un abuso (no sólo del lenguaje). Por el contrario, en buen romance, se llama “cliente” a aquel que cambia su libertad y sus lealtades políticas por sustento o favores económicos.
Una vez más, hay que señalar que la autoconciencia de la hodierna “democracia” necesita saldar la discusión de lo acontecido en los años setenta. Sólo así podrá concebir lúcidamente cuáles son los límites y los ideales que la “democracia” fija a la autonomía, a la libertad y a la vida buena. Pues la hodierna “democracia” se parece bastante a las “dictaduras” pero con los lenguajes cambiados.
Por Gustavo Lambruschini
Fuente: Entre Ríos Ahora

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