“En el mundo de la fantasía, uno puede cambiar el mundo”

No solo a través de la literatura, Gaspar Carlino pudo hacer realidad sus ideas para un mundo mejor. Desde su profesión de médico, su propio partido político y sus diversas gestiones municipales y provinciales, este personaje ilustre de Cerrito logró sentar bases sólidas en nuestra una ciudad y grandes e importantes cambios en la manera de gestionar y dirigir. Este sábado, y a sus 95 años, apagó su luz. 

Siempre con su mano tendida para el saludo firme, su memoria intacta y los deseos de progreso, el Dr. Gaspar Luis Carlino dirigió hasta sus últimos días, las ideas y proyectos para continuar con el crecimiento de Cerrito como siempre la había soñado: limpia, ordenada y pujante, como es reconocida en toda la provincia.
En innumerables charlas con Periódico BRUJULA, recorrimos su historia en sus diferentes facetas: estudiante, medico, director de hospital, político, intendente, diputado y padre de familia.
En su vida nada le fue fácil, ni mucho menos, regalado. Todo a fuerza de sacrificio, valores y poder de convicción, no solo logró traer al mundo a cientos de cerritenses en su clínica, sino que diagramó y desarrolló las obras esenciales para el bienestar de toda la comunidad.
Agradecidos por su permanente acompañamiento, su respeto y disposición para con nuestro periódico, le rendimos un afectuoso homenaje con esta selección de palabras de diferentes entrevistas:

El Médico
Entrevista realizada en
¿Dónde inició su historia?
En Monte Caseros, Corrientes. Nací el 6 de septiembre de 1924- Mi padre, hijo de italianos, era maquinista de los ferrocarriles del Nordeste y Entre Ríos y mi madre, Bengoa, era hija de vascos y ama de casa. En Monte Caseros pasé la infancia y cursé la escuela primaria. Como no había establecimientos secundarios, entré a trabajar como empleado en un almacén de Ramos Generales de uno de mis tíos, José H. Piloni, que ahora es un importante supermercado. Estuve 3 años en el almacén hasta que, al mejorar la situación económica de mi familia, me mandaron a Concepción del Uruguay, al colegio Histórico y al internado “La Fraternidad”, un tradicional hogar para estudiantes provenientes del interior del país, para completar los estudios secundarios. Allí fundé, en 1945, una revista estudiantil, INQUIETUD, fui su primer director. Además, era colaborador espontáneo del diario “La Calle”. Los estudios universitarios los cursé en la facultad de Medicina de Rosario donde obtuve el título de Médico Cirujano. Al finalizar, por concurso, pasé al Hospital Provincial de Rosario, un año como Practicante Mayor (hoy, residentes) y otro como Médico Adscripto, tanto en las guardias como en las salas Dr. Carones y Dr. Dell Oro, del servicio de cirugía general de mujeres.
Y en el interín de eso, me casé. Antonia tenía 19 años y yo 22. En 1947, nació el primer hijo, un varón. ¡No perdíamos tiempo!

¿Cómo hizo para estudiar y mantener la familia?
Trabajé. Los sábados y domingos de tarde vendía boletos para las carreras del Hipódromo Independencia del Jockey Club de Rosario. Además, después de rendir examen en Salud Pública de la Nación, obtuve el carnet de APM (Visitador Médico) y conseguí trabajo en un laboratorio norteamericano, WINTHROP, de la empresa SIDNEY ROSS, hasta que me recibí. Los dos puestos eran bien pagos. Con mi señora gastábamos menos de la mitad de lo que ganaba. El resto los ahorraba en una libreta de la Caja de Ahorro Postal. También, a veces, publicaba algo, poesías o cuentos, en las páginas literarias del diario “La Capital” de Rosario y me pagaban $40. Cuando me recibí renuncié a los dos puestos donde en el hipódromo ganaba $1.00 y $3.100 en el laboratorio, total $4.100 para ir a ganar $500 de Practicante Mayor en el hospital. Claro que ganaba poco pero aprendía mucho y nos manteníamos con el fondo que había ahorrado.

¿Entonces qué hizo?
Llegó un momento que se empezó a agotar los recursos mientras buscaba un lugar para establecerme. Empecé a hacer reemplazos de prestigiosos médicos radicados en el interior porque se iban de vacaciones. Estuve, sucesivamente en las localidades de Villa Ana, La Gallerata, Villa Guillermina y Chabás, en la provincia de Santa Fe. En las dos primeras reemplazando a los médicos de la empresa LA FORESTAL ARGENTINA, que fabricaba tanino a partir del quebracho colorado. ¡Era un imperio esa empresa de capitales ingleses!… Hasta tenía ferrocarril propio. Estuve también en La Cruz, Corrientes, donde me ofrecieron un sanatorio pero no me gustó el lugar.

¿Cómo llegó a cerrito?
Había viajado a Venado Tuerto a tratar una oferta para hacerme cargo de un sanatorio porque su propietario debía dejar temporalmente de atenderlo porque había sido electo Senador. Pero me ofrecía un porcentaje muy bajo. Por otra parte, yo no quería trabajar en relación de dependencia. Estaba en la Terminal de Ómnibus de Venado Tuerto y me encontré con un amigo, estudiante de medicina y visitador médico que hacía su gira. Le conté lo que yo andaba haciendo. Entonces, me pasó un dato. En Cerrito, Entre Ríos, el doctor Cabrera quiere vender el sanatorio. -¿Dónde queda Cerrito?- pregunté. –En el camino a La Paz. Por la mitad del camino, más o menos – me explicó. Así fue como llegué a Cerrito. Cuando le informé a mi jefe del servicio del Hospital Provincial, el Dr. Yaconcick, un entrerriano extraordinario, que me radicaría en un pueblo de Entre Ríos, me dijo: -¡No haga esa macana, mi hijo!… ¡Donde hay pocos habitantes, hay pocos enfermos!… Acá en Rosario hay barrios que necesitan médicos. ¡Búsquese uno y siga trabajando acá!… ¡Está haciendo buena carrera!…- Inútil el consejo. Ya me había embalado para Cerrito. Porque en Rosario trabaja mucho el que tiene fama, al nuevo, nada.

¿Cómo fueron los primeros tiempos?
Me hice cargo el 15 de diciembre de 1958. Ese lugar tenía una larga tradición médica. Por ahí habían pasado los doctores José María Miranda, Campos Rivero, Cabrera y, anteriormente, creo que otros más. El doctor Cabrera me presentó a sus pacientes antes de regresar a Rosario de donde era oriundo. Desde ese primer día comencé una intensa actividad médica que duró varias décadas. Al comienzo éramos sólo dos médicos en el pueblo, el Dr. Elías Camps y yo.

¿Se adaptó bien?
Sí. Aunque me costó al principio. A mi llegada, diciembre de 1958, no teníamos luz eléctrica en el sanatorio. Estaban haciendo el tendido de las líneas gracias al empeño del doctor Elías Camps que había fundado una Cooperativa Eléctrica para proveer de luz al pueblo.

¿Entonces, como se arreglaban?
Nos alumbrábamos con faroles de tubo y sol de noche que encendían las enfermeras al ponerse el sol. Para trabajos de cirugía contaba con un FRONTOLUX, una potente lámpara calzada en un bolsillito de un gorro blanco y alimentada por cables desde 2 acumuladores de auto. Algún tiempo después llegó la corriente eléctrica y todo cambió.

¿Qué nos puede contar de su carrera hospitalaria?
En mayo de 1959 me nombraron director del hospital Dr. José María Miranda. Estuve casi 4 años al frente. En 1962, se promulgó la Ley 4170 de la carrera médica en salud pública y la dirección del hospital (único cargo) fue a concurso. El concurso lo ganó el Dr. Elías Camps por tener mayor puntaje. Hicimos un enroque. El vino al hospital de Cerrito y yo fui al centro de salud de Curtiembre que él atendía. También, en distintas épocas, fui director del hospital de Pueblo Brugo (que transformamos en geriátrico), y de los Centros de Salud de El Pingo y de Aldea Santa María. Éramos profesionales de medicina general, estábamos de guardia donde correspondía, en hospital, consultorios y sanitarios las 24 horas del día, los 365 días del año y atendíamos a domicilio, no sólo en el pueblo, sino también en el campo a varios kilómetros de distancia a cualquier hora del día o de la noche, con cualquier tiempo. En mi caso en particular, había muchas noches que no dormía por distintas razones del trabajo. Por la atención de partos, por algún accidentado, por chicos con alta fiebre y convulsiones, por algún ataque o riesgo de vida, etc. Con frío o con lluvia, ahí estaba el médico. Era la vocación y de día había que trabajar como siempre.

El escritor
Entrevista 2013 – presentación de nuevo libro en Buenos Aires
¿Qué significó en lo personal, esta tercer presentación en la feria del libro más grande de Latinoamérica?
La feria del libro es un evento muy importante, es la más grande de Latinoamérica. Es un gran evento intelectual y comercial.
Esta tercera vez presenté mi nuevo libro de cuentos, en el stand de la editorial Dunken que es la que edita mis libros. El primero es una recopilación de cuentos y relatos, entre los que se encuentran los del Padre Alfonso, que es lo que él me contó. Su familia era muy particular, todos los hermanos eran monjas y curas, y yo el médico de la familia.
En la feria hubo mucho público para conocer a los escritores que están en televisión como Pignia, O’ Donnell, Dolina. Había conferencias de prensa por escritores y poetas reconocidos en los que participé. El año pasado también estuve con Laura Esquivel cuando presentó su último libro.

¿Este libro es una recopilación de cuentos?
Si, y cuenta de tres partes; la primera de cuentos y relatos, la segunda de historias mínimas, pantallazos sobre distintos temas; y la tercera de historias insólitas, una saga de un mismo personaje en distintos escenarios. Muchos ya han tratado de localizar quien es el personaje.

A la hora de escribir, ¿en qué lugar se inspira más?
Para escribir hay que estar un poco loco, porque uno mezcla lo real con la ficción, lo imaginario con los hechos de todos los días, y de todo eso, uno construye un mundo nuevo, deferente. Uno va a lugares donde la imaginación lo va a llevando. Es maravilloso, porque la mente va llevando a cosas que concientemente uno no lo hubiera pensado. El subconsciente es el que va proporcionado la fuente que alimenta para escribir. Para imaginar lo rico que es el subconsciente, hay que imaginar un río en la noche, al que se lo ilumina con un reflector. Lo que se vé es el conciente, pero por dentro hay una río más grande que nos acompaña, que maneja nuestra conducta, pero que no conocemos.
El poeta, el músico, tienen esa inspiración., la que le proporciona la riqueza interna, que no sabe que uno tiene.

¿Qué diferencia encuentra en la forma de escribir, comparándola con su primer libro?
Cuando uno más escribe, más fácil y mejor lo hace. Lo que más cuesta es empezar. Los temas van surgiendo de pequeñas cosas que nadie pone atención, y de ahí sale toda una historia.

¿Por qué lleva ese nombre su obra?
El nombre del libro (El Hombre que soñaba que era Dios) es por el primer cuento que aparece, que trata de los sueños de un mendigo. Era el más humilde del mundo con lo más excelso del mundo que es Dios. Él vivía, en una calle en Montevideo, con la comida que los mozos de un bar le preparaban. Había sido un profesor de filosofía y cosmología en Facultas La República, y de golpe se vino abajo. Y él soñaba que era Dios.
¿Ya comenzó a escribir? ¿Tiene pensado su próximo libro?
Estoy escribiendo dos novelas. Una es casi autobiográfica, con otros personajes, con otros nombres. Yo siempre digo, que no fui un estudiante cómodo, y por todas las cosas que hice y los lugares por los que anduve, tengo muchas historias para contar.
Es una novela larga y uno tiene que aislarse para seguir el hilo. Es un interrogante cuando salga mi próximo libro.

¿Qué sensación le causa que periodistas y grupos de teatro tomen sus cuentos para darles vida?
Una gran alegría. A lo que aspira el que escribe, es a que lo lean y transmitan sus alegrías y emociones. Si uno se sonríe al leer algo, ya es un lindo mensaje.

En cada recuerdo, una frase. En cada momento vivido, un cuento, una historia que contar. Así fue dialogar con Gaspar Carlino, que además de su experiencia de escritor, nos llevó por los recuerdos de Cerrito, su gente y su historia. Hasta siempre querido Carlino. Gracias por la confianza todos estos años.

 

 

 

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