Entre un 12 de octubre y la maldición de Malinche

Por Horacio E. Blanc
“…Del mar los vieron llegar, mis hermanos emplumados/ eran los hombres barbados de la profecía esperada,/ se oyó la voz del monarca /de que el Dios había llegado /y le abrimos la puerta / por temor a lo ignorado…./En ese error entregamos, la grandeza del pasado / y en ese error nos quedamos quinientos años de esclavos…/Hoy les seguimos cambiando / oro por cuentas de vidrio, / y damos nuestra riqueza por sus espejos con brillo”, nos recuerdan los versos de Gabino Palomares evocando la historia de la bellísima Malinche, entregada como esclava a Hernán Cortés junto a otras 20 mujeres mayas para satisfacer sus apetitos sexuales. Colón Malinche“Malinche” quedará registrada en la historia mejicana como símbolo del “indio” seducido y abandonado. Su derivado “Malinchismo” (una variante del persa-bretón-indo: “Cipayo”), señalaría tanto la incapacidad de valorar lo propio, como la propia entrega al extranjero. Cuando en el primero de sus cuatro viajes, Cristóbal Colón de Sotomayor (o como fuere su nombre, según sitio de nacimiento o parentesco), desembarca el 12/10/1492 en Isla de Guanahaní a la que llama San Salvador (hoy Bahamas), creyó haber llegado a Cipango y los extremos de Catay, por entonces territorio de la India en poder de los Ch‘in. Tal era el destino del derrotero inicialmente previsto, cuando se pensaba que cruzando el llamado “Mar de los Sargazos” se accedía a las costas de Asia. Ignorando tercamente los indicios en contrario, Colón llamó “Indias” al lugar de desembarco. Sin que el navegante lo admitiera y anoticiada la Corona Española del error, se siguió utilizando este nombre en disposiciones políticas y administrativas, con el aditamento de su ubicación geográfica para diferenciarlas del verdadero territorio oriental situado tras el río Indo. El nuevo mundo y tan extraños pobladores, eran un misterio que no encajaba en las concepciones científicas ni en los dogmas religiosos europeos. Por un lado, el territorio detrás de las islas no constituía una prolongación o desmembración de Asia. Por otro lado, ¿de dónde habían salido esos hombres y mujeres desnudos, de costumbres y lenguas tan extrañas?. La evidencia de los hechos obligó a replantear nociones elementales de geometría, geografía y cartografía, las que sin embargo no pudieron despojarse de la concepción religiosa imperante en la época, que obligaba a preservar postulados bíblicos del origen del hombre y el diluvio universal, en los que se omitía toda referencia al origen de estos extraños seres que, evidentemente, “no eran animales y aparentaban tener alma”, como debió reconocerlo por decreto de 1537 el Papa Pablo III, considerando que su presencia en esos lugares no podía ser otro que el final de un derrotero migratorio desde el viejo al nuevo mundo. En 1652 Hornio avalaría esta rígida postura, planteándose el absurdo de que Adán hubiese sido creado dos veces: una en Asia y otra en América, resultando más lógico pensar que los “indios” solo podían venir del viejo mundo. Evitando involucrarse en tan delicadas cuestiones teológicas, la investigación omitió toda consideración sobre la génesis del hombre americano en su propio continente, avocándose a develar el misterio sobre la procedencia de la primera corriente migratoria desde el viejo al nuevo continente. En lo que no existieron divergencias, fue sobre las secuelas de la llegada de los europeos a tierra americana, como causa principal del colapso demográfico de su población originaria (estimado en un 95%), fruto de la derrota militar y el contagio de enfermedades extrañas (tifus, viruela, fiebre amarilla, disentería, sífilis, sarampión, neumonía), para las que se carecía de antídotos naturales. El exterminio de tantos “indios”, llevó a que en el siglo XVII ingleses, franceses y holandeses secuestraran y trasladaran a millones de esclavos africanos a territorio americano como mano de obra de reemplazo, introduciendo nuevos tipos de enfermedades que realimentaron el exterminio de los pueblos originarios. Hoy, sus descendientes directos o misturados, son relegados a reducciones atribuidas discrecionalmente por otros (entre ellos el estado), permitiéndoseles conservar a duras penas sus tradiciones en un paulatino proceso de transculturación y pérdida de la identidad. Nada hay que festejar en este híbrido “Día de Respeto a la Diversidad Cultural” (que reemplazara la criticada “Conquista de América”), con el que se intenta quedar bien con tirios y troyanos. Nada hay que festejar en este feriado con tufo a “maleficio malinchista”, de una invasión que instrumentó el genocidio y el despojo de los pueblos originarios. Ni tan siquiera sostener semejante día en tan anacrónica retórica, como forma de homenajear y afianzar la unión de dos pueblos con comunidad de origen, lengua, cultura y religión. Si hoy rescatamos fielmente los hechos históricos “precolombinos”, advertiremos diferencias más que notorias entre invasores e invadidos, y un legado que conquistadores y evangelizadores solo pudieron imponer con “la cruz y la espada”, por pura avaricia y desmesura. Eduardo Galeano tuvo en sus manos las cartas de Cristóbal Colón depositadas en el Archivo de Indias. Ese día constató que Colón 35 veces nombró a “Dios”, y 180 veces la palabra “ORO”. Así lo registra también en sus versos Neruda: “Enarbolando a Cristo con su cruz / los garrotes fueron argumentos / tan poderosos, que los indios vivos, / se convirtieron en cristianos muertos” (Versainograma a Santo Domingo).

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