La historia de La Solapa en El DIario.

En El Diario del día de hoy salió la historia narrada por Obdulio Garzón que vale la pena ser leída para los que tenemos nuestros recuerdos de niños con  las travesuras de las sietas.

Hace muchos años, la presencia del hombre armonizaba con los sonidos del monte; aún no existían las rutas que hoy se encuentran plagadas de vehículos con sonidos discordantes y contaminantes. Por entonces, la vida en los montes entrerrianos se desarrollaba dentro de un equilibrio ecológico, ejercitando cada especie de aves su léxico comunicativo a través del canto; y el coro de todas ellas era música que armonizaba con el ambiente. 
Pero como toda regla tiene alguna excepción, había un ave que vivía solitaria en las zonas bajas de las cuchillas, en un hábitat de arroyos y lagunas. Lucía con elegancia un esplendoroso traje de plumas blancas, pero lo hacía con soberbia y hasta demostraba desprecio por las otras aves de plumaje austero. Y para ser diferente de éstas adoptó la costumbre de no emitir su graznido que armonizaba con los cantos del resto de las aves. Su carácter altanero hizo que con el correr del tiempo las otras especies del monte fueran ignorando su presencia. Además de dejarla vivir su solitaria vida en paz, la apodaron peyorativamente la “Bella del monte”.
Los días de la elegante ave emplumada de blanco transcurrían a orillas del arroyo o de una laguna, pescando crustáceos, mojarritas y camarones. Luego, mientras hacía la digestión, se entretenía acicalando su delicado plumaje sin prestarle atención a quienes estaban a su alrededor, ya que no deseaba relacionarse con los de inferior casta y plumaje.
Una mañana de primavera, el cielo presagiaba un fenómeno climático fuera de lo común y los animales del monte llevados por sus instintos de supervivencia corrieron de aquí para allá con la finalidad de buscar refugios en lugares seguros. El chajá se desgañitó desde la copa del árbol más alto alertando a la población animal sobre el peligro inminente. Mientras tanto, la bella de plumas blancas desoyó los anuncios y continuó acicalando su plumaje, hasta que el viento se encargó de desordenarlo e incluso arrancarle algunas plumas. La Bella del Monte torció por primera vez su cogote hacia uno y otro lado y entendió que estaba sola, situación que nunca le había importado, pero, que esta vez, ante la inminencia de una tormenta inusual, sí le preocupó.
La claridad del día se transformó en oscuridad por el ocultamiento del sol tras las espesas y negras nubes y la tormenta indomable desató su furia. La Bella del monte corrió hacia un lado y otro, sin hallar amparo para evitar ser devorada por los fantasmas del viento que arreciaban en la oscuridad; pero las ráfagas la elevaron con fuertes sacudones, una y otra vez.
Entabló entonces una batalla desigual, luchó con todas sus fuerzas para tratar de salvar su vida hasta quedar exhausta. Al otro día, pasada la borrasca, la Bella del monte despertó luciendo en su cabeza una hermosa capellina blanca y sin salir de su asombro comprobó que se mantenía aún inmaculadamente blanca, signo terrenal que la destacara sobre el resto de las aves, pero su plumaje había sido reemplazado por un largo vestido de novia, blanco como la nieve. Muy pronto también se dio cuenta de que había sufrido una mutación interior con la que debía convivir el resto de su existencia. Extinguida su vida terrenal, Tupá (Dios) le había otorgado la posibilidad de tener una nueva vida, irreal, etérea.
Dado su espíritu solitario e independiente y recordando su vida material de belleza inigualable y que no podría volver a mostrar esa alcurnia para provocar envidia, se encolerizó hasta lo inimaginable. Pero recapacitó y para resarcir tanta soberbia con sus semejantes decidió adoptar el cuidado de sus congéneres más desprotegidos que a veces los niños espantan o matan con sus gomeras a la hora de la siesta. Sus congéneres la habían apodado la “Bella del monte” y los paisanos la bautizaron la “dama de blanco” o “Solapa”, siendo ahora tenebrosa, maligna y peligrosa con los gurises y gurisas que andan a la hora de la siesta haciendo travesuras, mientras los mayores descansan.
Ella se siente dueña de esa hora en que lucía con mayor esplendor su elegante traje de plumas blancas, y ahora vestida de blanco aparece en los lugares menos pensados para controlar la conducta de los menores cuando andan haciendo depredaciones de pájaros, es entonces cuando utiliza su magia para conducirlos a una cueva donde ensucia sus caras y sus ropas con barro maloliente. Las palomas del campo, que no olvidan el desprecio que demostraba la Bella del Monte hacia ellas, escondidas entre los árboles o posadas sobre los alambrados alertan a los gurises con su cuú, cuú, cuú cuando la “Solapa” vestida con su traje blanco inmaculado anda por el lugar.

Obdulio Garzón. Es escritor, guionista y realizador cinematográfico. Reside en María Grande. Ha editado una decena de libros en los últimos años. El último, La Isla verde, una trilogía del costumbrismo entrerriano conformada por los relatos Vida aldeana, La pata de la mesa y Los Federales.

Garzón por Garzón. Mi hermosa infancia vivida con pobreza inadvertida tuvo situaciones propias de ese status y con motivo de andar por los montes y arroyos en compañía de amigos, justamente desafiando la presencia de La de blanco, en más de una ocasión sentí su presencia rozando mi piel. Estos hechos me sembraron la curiosidad de averiguar hasta dónde esa fantasía estaba separada de la realidad.
Quiero agregar, unas notas más:
Solapa: “Sola está” (solitaria)
Sola: de soledad (adjetivo calificativo).
Pá (en guaraní): está (del verbo estar).

Fuente: El Diario.