Los riesgos de vivir en una sociedad que está cada vez más dividida

Brujula
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Durante los diez años de gobiernos kirchneristas se alcanzó una polarización política inédita desde el regreso de la democracia. Las causas y las consecuencias de un fenómeno que ¿llegó para quedarse?

«Llevamos tiempo sin juntarnos con amigos con los que compartíamos asados… si bien no estamos peleados, la distancia se fue acrecentando con las diferencias ideológicas… tristísimo…».

«Me ha pasado, pero ya no discuto. No tiene el menor sentido. Esta polarización tan marcada es absurda. No todo en la vida es blanco o negro, menos aún en el terreno de la política».

Las palabras pertenecen a dos lectores de Infobae que respondieron a una consulta realizada en redes sociales, pero podrían ser las de muchísimas personas que viven con angustia la dificultad para dialogar con quienes tienen una postura diferente frente al gobierno.

La discusión política siempre es estimulante, pero el resultado de llevarla a un terreno de enfrentamiento entre amigos y enemigos puede ser contraproducente, ya que termina anulando la propia discusión.
Pero la división también está presente en el universo académico, y muchos ponen en duda que la polarización haya calado tan hondo en la sociedad. «Hay una parte minoritaria que milita o es simpatizante activa de uno de los dos polos. Van a los actos, hacen marchas y movilizaciones. Pero una gran cantidad de la población ni siquiera entiende por qué hay tanto lío», explica Emilio de Ípola, doctor en ciencias sociales por la Universidad de París, en diálogo con Infobae.

Y para graficar sus palabras, compara el enfrentamiento entre kirchneristas y antikirchneristas con el antecedente más fuerte de la historia argentina, la oposición entre peronismo y antiperonismo. «La polarización actual tiene mucha menor profundidad y alcance, porque es más simbólica. Este gobierno se maneja mucho simbólicamente, haciendo cosas que no producen un cambio real», sostiene.

La idea de que el peronismo generó una oposición fundada en cuestiones materiales concretas se ve en que el sostén de los gobiernos de Juan Perón fueron los trabajadores y los sindicatos, que lo apoyaban casi en su totalidad, y quienes se oponían eran sectores altos y medios que podían sentirse amenazados por el avance obrero.

Por el contrario, en los últimos años, muchas de las peleas y divisiones por el posicionamiento frente al gobierno se dieron en familias y grupos de clase media. En ese conflicto, las diferencias no son por cuestiones materiales, sino por tener sensibilidades e ideologías diferentes.

Las causas de la polarización en la era kirchnerista

«Hay una constante que recorre la historia argentina en términos de enfrentamientos muy duros: yrigoyenistas y no yrigoyenistas, peronistas y antiperonistas, los seguidores del proceso y la antipatria. Ahora es muy claro que el gobierno ha tomado la iniciativa de distinguir entre amigos y enemigos sin admitir términos medios. Esto obliga a la oposición a colocarse en ese escenario, lo que le hace cada vez más difícil reconocer políticas positivas del oficialismo. Es un resultado inevitable cuando todo es blanco o negro», afirma el politólogo José Nun, ex secretario de Cultura entre 2004 y 2009, en diálogo con Infobae.

No se puede comprender por qué este gobierno tomó esa decisión que no había tomado ninguno de los anteriores sin considerar el colapso político y social de 2001.

«El fracaso de los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, y la profunda crisis de 2001 -dice Nun-, tuvieron mucho que ver con la situación que estamos viviendo. La contracara del reclamo de ‘que se vayan todos’ no sólo es que no se vaya nadie, sino que se espere la llegada de los salvadores del la patria. Y cuando aparecen los que asumen ese papel, la polarización es inevitable, porque quien está salvando la patria sólo puede leer en las críticas que se le hacen la reacción de la antipatria».

Para Schuster la polarización se produce como la consecuencia necesaria de tomar medidas que afectan intereses poderosos, al margen de cuál sea la estrategia política.

«Los ciclos que incluyen un proceso de transformación y conflicto con sectores dominantes de la sociedad generan situaciones crecientes de polarización. Poniendo de un lado a los que creen en esa transformación y del otro a los que se sientes afectados por ella y a quienes por su interpretación ideológica no consideran que ese cambio sea el que aparenta ser», dice.

Pero Nun pone en duda que en estos diez años se hayan llevado adelante cambios demasiado bruscos. «Que haya o no polarización no depende tanto de las transformaciones profundas, sino de la posición que se toma frente a la realidad. De hecho, Argentina no ha tenido transformaciones tan profundas en estos años».

«Pero lo que fue adquiriendo cada vez más relevancia es una concepción populista de la política, que trasciende lo estratégico y se termina transformando en una interpretación ideológica de la realidad. Esto está ocurriendo en muchos otros lugares en los que se instalaron regímenes populistas», agrega.

Un fenómeno regional

Desde el inicio del siglo XXI fueron apareciendo en distintos países de América Latina gobiernos que declararon sus intenciones transformadoras y realizaron cambios de relativa importancia. Pero no en todos ellos la sociedad se partió en dos.

«En Brasil y en Uruguay hubo dos partidos políticos o frentes de izquierda que se insertaron dentro de ese orden político institucional 20 años antes de llegar al poder. No es la situación de Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde los gobiernos llegaron luego de un estallido del régimen político, por fuera del sistema de partidos. En esos casos el que gobierna debe reconstituir un orden, y la reconstitución es mucho más radical que un proceso de cambio dentro un orden que está en funcionamiento», explica Schuster.

«Por eso -continúa-, el cambio en Brasil y Uruguay es mucho más moderado, si bien en el primero hay un intento más acelerado que en el segundo para generar condiciones de igualdad social. Pero son políticas más gradualistas y no hay una ruptura total con el orden neoliberal. En Uruguay todavía más, donde los cambios más importantes han sido en el orden de la superestructura más que en el material».

Las estadísticas de reducción de pobreza parecen mostrar otra realidad. El caso argentino es muy difícil de saber porque el Indec dejó de ser confiable en 2007. Pero si bien no se puede negar que hubo una importante disminución desde 2002, en países aparentemente más moderados se consiguieron avances más profundos.

Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA que comanda el prestigioso sociólogo Agustín Salvia, en Argentina está por debajo de la línea de pobreza el 26,9 por ciento de la población, un número bastante más preocupante que el de Brasil (21%), Chile (11%) y Uruguay (6%), según los números de la CEPAL. Con un 30 por ciento de pobres, Venezuela está aún peor.

Por eso Nun interpreta la presencia o la ausencia de enfrentamientos fuertes no tanto en función de la intensidad de las transformaciones realizadas, sino por el grado de fortaleza de las instituciones políticas. «A diferencia de Argentina, donde impera un presidencialismo de partido único -explica-, en Brasil hay un presidencialismo de coalición. Entonces siempre ha habido ministros pertenecientes a corrientes políticas distintas de las mayoritarias, porque de lo contrario no podían formar gobierno. Hay una tradición de concertación que no tiene Argentina».

«Algo parecido ha ocurrido en Chile, porque precisamente la Concertación incluye ala Democracia Cristiana y al Socialismo, que tienen puntos de contacto, pero también disidencias muy importantes. Y lo que pasa en Uruguay es que hay un sistema de partidos políticos que aquí no existe», agrega.

¿La polarización llegó para quedarse?

«Creo que hoy hay un 30 por ciento de la población que sería un kirchnerismo duro consolidado y organizado. Por lo tanto, va a ser una fuerza política bastante consistente por un buen tiempo. Si el proceso político que sucede al actual no garantiza la continuidad de sus líneas básicas y su eventual profundización, ese 30 por ciento se va a movilizar. Así que deberá ser considerado por los próximos gobiernos, ya que no va a recluirse en la vida privada tan fácilmente», afirma Schuster.

Que esto ocurra significará la prolongación de la polarización, lo cual no sólo dificulta la convivencia cotidiana, sino que puede ser un escollo importante para la ejecución de políticas de largo plazo, que sólo son viables cuando surgen de un acuerdo interpartidario. En un sistema político resquebrajado y polarizado, la prioridad de cada nuevo gobierno es diferenciarse del anterior, y barrer con toda su gestión.

«Un espacio político dividido en dos es peligroso para un país, salvo algunas excepciones, como en Estados Unidos, donde es posible la convivencia porque hay muchos puntos en común y los representantes parlamentarios no están tan dominados por sus propios partidos», dice De Ípola.

Si bien es difícil predecir lo que va a pasar, los antecedentes de nuestra historia no invitan a ser demasiado optimistas.

«Este tipo de polarizaciones, con mayor o menor intensidad, recorren toda la historia argentina. Debemos esforzarnos porque desaparezcan, porque de ninguna manera el pluralismo es un hábito del corazón de los argentinos. Es algo que debe ser construido y que no va a venir porque termine el ciclo kirchnerista», concluye Nun.

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