Puerto Curtiembre hacia su 145° Aniversario

Épocas de rígida enseñanza y juicio popular10439400_440341069470323_4185990707723958757_n

Por Horacio Blanc
“….La maestra acuerda: no casarse, no andar en compañía de hombres, estar en su casa entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, usar al menos dos enaguas, no teñirse el pelo…” (Consejo Nacional de Educación-Contrato de Maestras-Año 1923, en Rev. del Consejo Nacional de la Mujer, año 4, n° 12)
Tantas veces reiterado el calificativo, había producido en Indalecio el efecto buscado por el Preceptor y su alátere: que se considerase un símil al rebuznador animal de cuatro patas y orejas largas. Por obra y arte de sus cancerberos, se había convertido en un ser atormentado que de lunes a viernes peregrinaba su vía crucis al lugar de los tormentos. Pero no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que esa Escuela Fiscal de Enseñanza Elemental de 2ª con especialización en Labores Agropecuarias, había su mismo hogar humilde y acogedor, solar de aprendizaje, juegos de pelota y sembradío de las primeras hortalizas. De la noche a la mañana, todo había cambiado un día del año 1911 con la llegada del Preceptor porteño Luis Molina y Páez. Vestido invariablemente de levita y bastón, botines con tacones altos para disimular su baja estatura, andar marcial y pose autoritaria. Formándolos en fila durante varias horas bajo el impiadoso sol del estío, en su presentación señaló sin vueltas un listado de órdenes a cumplir sin derecho a pataleo. A partir de entonces, por más empeño que Indalecio pusiese en las tablas aritméticas, algo en su interior le impedía memorizarlas. Ese algo iba y venia con la imagen del Preceptor blandiendo furioso el puntero ante sus ojos; trasponiéndose con la figura del sabelotodo alumno Monitor, que recitaba sus retos como un eco. Por más ganas que pusiera, no podía concentrarse ante sus inquisidores. Tartamudeaba, olvidaba lo aprendido. Lo mismo le pasaba a varios de sus compañeros, que por instinto caminaban a la defensiva escondiendo la cabeza entre los hombros. La ausencia de espacio físico complicaba aún más las cosas, dispuestas como estaban las clases en un lugar común, parcialmente separado por bolsas “fratachadas” con barro y cal. Allí debían soportar el diario acecho del Monitor, en quién delegaba el Preceptor la didáctica individual. La mayoría de los padres del alumnado, indigentes por generaciones, se las rebuscaban con ocasionales changas en la cosecha de maíz y trigo, o el producido de la pesca en los días de arribada. Por pobre de solemnidad, el Alcalde Eduardo Cancel Caisso le había concedido a Indalecio su Boleta de Dispensa, eximiéndolo al pago de inscripción en la matrícula, circunstancia que, junto a otros, lo ponía en el nivel más bajo de consideración del Preceptor, siendo objeto de los más variados castigos: punterazos, coscorrones, tirones de orejas, portador del cartel con la leyenda “burro”, permanencia de pie o de rodillas sobre granos de maíz, etc. Ajeno estaba el alumnado al menor incentivo o estímulo; solo recordados como objetos de castigo o mofa. Todo hubiese seguido igual, si no fuese porque un día el Preceptor traspuso todo límite. Un lunes a la mañana, el Monitor sopapeó a uno de los alumnos más chicos mientras le tomaba sumas y restas, motivando el puñetazo de Indalecio como respuesta a la agresión. Rojo de indignación, repartiendo punterazos a diestra y siniestra, Molina y Páez llevó a Indalecio juntos a varios alumnos a la Comisaría, donde fueron alojados en el calabozo por el Comisario bajo el cargo de “contraventores y mal entretenidos”. La indignación revolucionó al pacífico pueblo curtiembrero. Una delegación de caracterizados vecinos viajó inmediatamente a Paraná, radicando sendas denuncias ante el CGE, el Jefe de Policía y el Juez del Crimen, tendientes a hacer cesar la brutalidad del Director y la permisividad del Comisario de Policía. Manuel Antequeda, Presidente del CGE, yerno y cuñado de los dos Monzón José María, haciendo honor a su Pacífico segundo nombre mandó que se instruyera un sumario popular. El Bar Comedor de César Malacari fue el lugar elegido. En un escritorio ubicado sobre una tarima de madera, se situó el Inspector Aristóbulo Soto, serio, circunspecto, examinando alternativamente la sala repleta de asistentes y el asiento vacío del enjuiciado Preceptor, cuya inexplicable demora aumentaba la tensión del momento. Cuando la comisión policial avisó que el susodicho no fuera habido, Soto decidió sin más dar comienzo al acto con un seco martillazo sobre el viejo escritorio de algarrobo, que sonó como un disparo acallando los últimos murmullos. Se encontraba leyendo uno a uno los varios hechos imputables, cuando repentinamente en el contraluz de la puerta se enmarcó la figura del sumariado. Con arrogancia y desdén hacia la concurrencia, desde ese lugar interrumpió la lectura para recusar a viva voz al sumariante. Tras cartón y para asombro de todos, golpeando el bastón sobre la tarima reiteró su negativa a prestar declaración. Aún no se habían terminado las voces de protesta, cuando tras dar un violento portazo subióse a una Galera alquilada con rumbo desconocido. Pasado el momento de indignación, el juicio continuó con el aporte de abrumadoras pruebas testimoniales. Con un final cuasi anunciado, el Consejo resolvió en ausencia la cesantía de Molina y Páez, y el envío de un oficio al Jefe de Policía de Paraná, aconsejando el apercibimiento y traslado del Comisario. Recién entonces pudo reanudarse el suspendido ciclo escolar. Tras un breve interinato del Alcalde y Docente Jubilado Eduardo Cancel Caisso, se hizo cargo el Maestro Normal Rural Basilio Martínez para que las cosas retornaran a su cauce. Para que Indalecio, como cada lunes a viernes en mejor tiempo pasado, volviese a sonreír camino a ese hogar humilde y acogedor que otra vez volvía a ser “su escuela”.

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