Testigos y cómplices de un asesinato

Ella grita. Él sigue arrastrándola por el suelo. Él le pega, la patea, la insulta. Ella pide ayuda y se desarma. Ellos, miran detrás de las rejas y filman la escena con sus teléfonos celulares.

Escena de la serie televisiva Black Mirror

Escena de la serie televisiva Black Mirror

La violencia sigue, hasta dejarla tendida agonizante en medio de la calle. Él se va sacudiéndose la ropa. Ellos, siguen mirando sin moverse de sus pantallas.
Los medios de todo el país reproducen una y otra vez las imágenes, lo comentan, lo acercan, lo alejan. Todos toman la persona, la prejuzgan, la manosean, la violentan, la abusan y la matan. Cada uno de los que intervino en este asesinato, es culpable.
La imbecilidad se ha vuelto una enfermedad mundial. El uso indiscriminado de la tecnología, la popularidad que promueve ser el primero en colocar un video en internet, ha provocado que esta generación comience a cosificar la vida propia y la de los demás.
Y cuando el ser humano se transforma en algo impersonal, inhumano es más sencillo que caiga en acciones atroces.
Del mismo modo que en la novela de García Márquez, “Crónica de una muerte anunciada”, los espectadores de este hecho violento, saben cuál será el trágico final. Sin embargo, nadie realiza una llamada al 911 o al 101 de emergencias.
La tentación de tener la primicia puede más que el valor de la vida, de la persona, de la dignidad y la solidaridad.
Ser testigos en este caso, es ser responsables e igualmente culpables por la misma inacción de los que están filmando.
Tampoco olvidemos el hecho que tiempo atrás sucedió en Cerrito. Dos adolescentes envueltas en una pelea. Se Lastimaron, se agredieron y maltrataron verbalmente. Una de ellas sometió a la otra. Es plena plaza Las Colonias y en horas del mediodía. La gente pasaba, miraba, tomaba datos y seguía. Los adolescentes espectadores de la pelea alentaban. “Pegale en la cara”, “tirala al piso”, “No te dejes pegar, no seas mogólica”, “Metele derecha” agrega uno de los varones… “pajera, dale estúpida, sacale la remera y pegale”… “tirale los pelos”…. Y un sinfín de frases totalmente crueles, salvajes e hirientes se pregonaron en toda la escena.
Y como es común en el pueblo, todos hablaron por lo bajo, compartieron de manera viral el video a través de sus teléfonos y se burlaron de la situación.
Justificar lo injustificable, también es grave. Sea cual sea el motivo de reclamo, nadie tiene derecho sobre la vida del otro. Nadie puede lastimar y matar por propio pensamiento.
Lamentablemente, las leyes no accionan en favor de estos casos o dilatan tiempos que no ayudan.
Las victimas siguen aumentando el índice semanal. Las agresiones se han vuelto moneda corriente en las sociedades. Y los usuarios de redes sociales cada vez más se abocan a la búsqueda de las primicias, las novedades y las miserias humanas a través de sus cuentas.
Atrás queda el mandamiento que los católicos repetimos en cada oración: “no matarás”… naturalizando cada vez más las violaciones, los asesinatos, los abusos en todas sus formas.
Este pedido divino no solo pretende que no se mate, sino que no se abandone, que no se ignore, que no se atente contra los pares y los seres que nos rodean. No matarás con la indiferencia ni con la ausencia.
Atravesamos una era en la que nuestros niños desde el primer año ya manipulan la tecnología, manejan los celulares y se pierden en los millones de espacios cibernéticos que a diario se ofrecen de modo libre y gratuito. Criamos personas con posturas encorvadas, aisladas de su propia realidad, sin motivación al dialogo directo, cara a cara. Son generaciones que viven mediante las pantallas, como si todo fuese una película y lo creen.
Será nuestra tarea la que genere personas adultas con valores, con conciencia y respeto al prójimo. Será responsabilidad del hoy lo que suceda mañana. Empecemos antes de que lo virtual absorba del todo la vida real.
Sonia Maidana

 

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