La Gallina de los huevos de oro, dice Olé

Brujula
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River mete, ruge, juega, delira. Después de 19 años, se convierte en el nuevo rey de América. Armado a su medida y reseteado en el momento justo, el equipo de Gallardo es el mejor de todos. Capaz de ganar una final 3-0 y festejar con selfie.

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Llueve. Como en el 86. Meten.

Juegan. Como en el 96. Rugen.

Llueve, meten, rugen y juegan como lo hace este señor campeón de América. River emociona. Es un equipo napoleónico. Es el cabezazo de Alario a lo Crespo. Es el penal de Carlos Sánchez. Es el cabezazo de mariscal de Funes Mori. Sí, tantas vueltas da el fútbol que un Funes Mori se mete en la historia grande. Como se meten en la historia todos estos tipos. El ídolo Cavegol con el overol. El tremendo Ponzio, la bandera de la resistencia. El cacique Maidana que, otra vez, secó el glamour del francés Gignac. La memorable jugada de Vangioni en el 1-0. Los cortes y la confección de Kranevitter. La paz interior de Barovero. La bravura del Flaco Alario. La energía de Carlos Sánchez. Los goles importantes del silencioso Mercado. La vaselina de Mora. El efecto Viudez. La adaptación de Mayada. El aporte de los que entraron. Todos. Que juegan a cara de perro. Un perro rabioso, puntual, decidido. Un River de orfebrería pergeñado por Marcelo Gallardo, padre-tutor-encargado de esta brillante consagración. El de las reinvenciones permanentes. El de las excusas tiradas al tacho. El que tuvo que armar una formación inédita en la final y pasó por arriba, en actitud y fútbol, a un Tigres al que vistió de gatito remolón. Lo desnudó en realidad. El Muñeco que ya es leyenda después de llegar en lugar de la eterna leyenda llamada Ramón.

Fueron la altura. El pasto sintético. Esqueda. Gracias Tigres. La eliminación a Boca por segunda vez en un puñado de meses. El Panadero. El absurdo gas pimienta. El baile al fantasma Cruzeiro. La huida del señor Teo. El adiós de Rojas. La muestra de carácter ante Guaraní. Y esta concluyente final. La madre de las actuaciones en la madre de las finales. Una actuación seria, contundente, con cierre lujoso. “Va a ser un partido memorable”, anticipó Gallardo. Y vaya si lo fue…

River, definitivamente, ha vuelto a ser River. Volvió hace un buen tiempo pero lo ratificó anoche al levantar en sus brazos la siempre esquiva Libertadores. Ya estaba en Japón pero debía ir campeón. Y vaya si lo va. Porque es el grito sagrado: Libertadores, Libertadores, Libertadores. Un grito estruendoso que estalla cuatro años después de lo que nunca debió ser pero fue.

Ya es jueves en la Argentina. Diluvia en el Monumental. Los fuegos artificiales se mezclan con los relámpagos. La lluvia enjuaga miles de lágrimas. Lágrimas de gloria. 19 años debieron pasar. Una parte de la vida. Miles de padres y abuelos que ya no tendrán que mostrarles videos a sus hijos y nietos. Ahí están Cavenaghi y Barovero con la Copa. Ahí están todos con la Copa. Ahí están el presidente D’Onofrio con la Copa. Ahí está otra vez el gigante Flaco Francescoli con la Copa. Ahí está Gallardo con la Copa.

Napoleón con su premio. Premio a un equipo que primero brilló, que después mutó, que ganó la Sudamericana y ahora le grita a América que es campeón.

Es la gallina de los huevos de oro.

Olé

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