¿Las denuncias de corrupción política ya no sorprenden?

Brujula
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Las acusaciones contra el presidente de la Cámara baja provincial permiten reflexionar sobre las razones de la apatía ciudadana ante estas situaciones

casa de gobierno de la ciudad de parana

Tal vez podamos ponernos de acuerdo en señalar que una mayoría de los argentinos cree que somos un país corrupto, con una dirigencia política con tendencia a los actos de corrupción, y con una sociedad tolerante al respecto. Es más, hay encuestas que muestran que muchos ciudadanos consideran que serían corruptos en el manejo de la cosa pública de disponer de la oportunidad, porque se percibe a la corrupción casi como un modo de vida.
Más allá de que hay una amplía mayoría de dirigentes políticos que son honestos; y una gran cantidad de corruptos que no son dirigentes políticos; este contexto de pensamiento, tan global y vagamente descripto, tal vez sea en el cual los ciudadanos decodifican las informaciones que dan cuenta de un dirigente político eventualmente corrupto (sin una condena judicial que confirme o absuelva), y por eso casi no hay sorpresa, lo que juega a favor de todos los corruptos por supuesto.
Esta reflexión, de final abierto porque no llega a ninguna conclusión, es lo primero que se me ocurre cuando alguien que no es dirigente político ni periodista me pregunta qué va a pasar con un fulano que es presidente de una Cámara legislativa y dirigente gremial al que hoy cuestionan periodísticamente por su crecimiento patrimonial.
Me consta que una importante cantidad de dirigentes políticos creen que su patrimonio es millonario e inexplicable. También sé que existe una causa judicial iniciada por una de esas publicaciones de cuyo avance se sabe poco y nada. Y creo -aunque a veces me cueste- que todos los entrerrianos tenemos derecho a conocer la verdad del asunto, incluso el sospechado.
Como muchos, creo que las denuncias periodísticas al respecto hoy no son tomadas demasiado en cuenta, ni para bien ni para mal.
Parafraseando a Ricardo Arjona, podría sostener que la percepción de la corrupción política en la provincia es algo así como: el problema no es que exista, sino que se note. Lo que parece más cercano a una condena a la ostentación, que un repudio a la distracción de dineros públicos. Y a partir de allí surgen varias dudas respecto de qué pensamos cuando se habla del tema.
Si para nuestra sociedad el problema fuera solo la ostentación de la riqueza mal habida, claramente la corrupción ha dejado de ser considerada un delito por el común de los ciudadanos y transita por carriles más cercanos al de los problemas estéticos.
Si el problema fuera la acumulación personal de bienes, quedaría fuera de cualquier reproche la corrupción que se orienta a financiar la política. Tal vez por considerar a esa forma de corrupción un mal necesario, una suerte de precio que hay que pagar por vivir en un limbo donde parece que cualquiera puede hacer política sin tener un peso. Medios, campañas, publicidad, opiniones de algunos periodistas, encuestas, operadores de redes sociales, todo tiene un precio, que se paga de una u otra forma. La política no es gratis.
También me pregunto a qué clase de condena aluden nuestros reclamos. Si a la condenada judicial, con cárcel, inhabilitaciones o tareas comunitarias; a la mediática, la del escrache selectivo y la de las discusiones interminables; a la que implica que el que se llevó algo lo devuelva; a la que sirve como argumento de campaña… o a cuál.
Igualmente me pregunto cuánto incide una situación de este tipo con el protagonismo político que le tocará a partir de allí al dirigente aludido. Poniéndole nombre y apellido al caso, la pregunta es si alguien cree que las denuncias periodísticas alejan a José Allende de la posibilidad de volver a ser diputado, como pretende de mínima el actual presidente de la Cámara baja. O si tendrán un efecto de “techo” a su aspiración de integrar una fórmula gubernamental, o si la indefinición posterior hará que estas acusaciones queden en el olvido.
La verdad es que no sé qué sucederá, aunque debo confesar que la única incógnita de las planteadas en esta nota que me genera interés es la última, la referida a su destino político.
La otra cuestión, cuyo esclarecimiento depende de una investigación judicial, no sé si llegaremos a conocerla.
Tal vez hemos sido todos demasiado concesivos con la idea de que el que llega a la política se salva, y hoy nos enredamos demasiado a la hora de reclamar algo que debería ser muy simple: que se esclarezcan las sospechas de corrupción. (UNO)

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